Estamos en abril de 1983. España sigue probando la democracia, gobiernan los socialistas y un sábado por la mañana en TVE cuatro chicas de Bilbao se suben al escenario para cantar «Me gusta ser una zorra». La cosa no trasciende, el país sigue girando hasta que, días después, el director de un importante periódico pone el grito en el cielo y el escándalo se expande por hogares, redacciones y despachos hasta llegar a los tribunales. El presentador del programa y el director general de la cadena tienen que dar explicaciones, la banda es vilipendiada y el Gobierno, señalado.
A través de recortes de prensa de la e poca, editoriales incendiarios e inverosímiles cartas al director por los que desfilan Fernando Savater, Jesús Hermida, Carmen
Martín Gaite, Juan Luis Cebrián, Gloria Fuertes o Camilo José Cela, Eduardo Bravo construye una crónica documental que deja al descubierto las costuras de una joven libertad de expresión, atenazada todavía por los fantasmas del nacional-catolicismo. Este es un escándalo viral antes de las redes, una caza de brujas media tica con el respaldo de los tribunales. Cuando hacer oposición no es suficiente, siempre hay
alguien que escucha la llamada y sigue la consigna: el que pueda hacer que haga.