44 págs en términos convencionales. 21 x 29,7 cm. A todo color.
En realidad son carteles encuadernados con una gomita. Se pueden separar los pliegos obteniendo diferentes pósters, 4 de ellos en tamaño A2 (420 x 594 mm).
200 ejemplares firmados y numerados.
Hay quienes poseen el don de ver la esencia. Son esas almas raras y maravillosas que no necesitan la vista física
para ellos, el corazón es el único prisma, y ven por completo con los ojos cerrados. Sienten la verdad, escuchan el eco silencioso de los sueños y pueden plasmarlos. Ese prisma en el alma permitió a los cartelistas de los cines itinerantes de Ghana ver la esencia última de las películas que representaban en sus afiches; así es Choche Hurtado que ha llegado a una limpieza espiritual de semejante jaez para revelar el espíritu de estas películas españolas; y así es esta tremenda frase que acabo de mangar del instagram de un fantoche de la autoayuda.
Vale, vale, pero ¿este exótico elixir en qué consiste? Pues se trata de una ficción locatis de Choche Hurtado en la que clásicos de diferentes géneros del cine patrio hubieran sido proyectados en los cines itinerantes de Ghana, y cómo habrían sido publicitadas dichas películas, siguiendo el espíritu propagandístico extremo de los exhibidores cinematográficos del África Occidental. La publicación consiste en 20 carteles desplegables y extraíbles, 4 de ellos en formato A2. Están sujetos con una gomita para que usted quite, ponga, regale, cuelgue, enmarque o coleccione estas exóticas piezas.
Hay 200 ejemplares numerados y firmados. Si le interesa, apúrese,
¿Que no sabe si le interesa? ¿Cómo? ¿Que no tiene usted ni puta idea de qué le estoy hablando con esta chufla del cine ghanés? Le dejo con unas pocas líneas del prólogo de Sabina Urraca para centrar el tiro:
En Ghana existió un negocio llamado cine móvil. Empresarios deseosos de sacar unas perras, recorrían el país en furgoneta con un proyector, una pantalla, un generador de electricidad portátil y varias cintas de vídeo. Eran cineclubs piratas que recorrían pueblos y ciudades proyectando películas de Hollywood, filmes de la vecina Nigeria (la industria de Nollywood), así como títulos de kung-fu hongkonés, e incluso producciones de Bollywood. Poco a poco, los cineclubs fueron proliferando, y los empresarios tenían que jugar bien sus cartas para hacer frente a la competencia. Ahí fue cuando entró en juego la necesidad de publicidad y el diseño de una cartelería que superase a las demás. Incluso si, para lograr espectadores, tenían que mentir y mostrar cosas que no aparecían en las películas.
Los carteles de Ghana pasaron de ser promesas sin cumplir (¿No es acaso lo que sostiene la vida la ilusión de algo más, aunque ese algo más nunca suceda?) a objetos de culto y coleccionismo. En el libro Extreme Canvas: Hand-painted movie posters from Ghana, escrito por el coleccionista Ernie Wolfe, el propio director estadounidense Walter Hill dice que, en muchas ocasiones, los carteles de Ghana resultan más interesantes que las propias películas. De hecho, muchos directores de cine se han mostrado encantados al ver esta nueva capa de ficción, con los niveles de saturación, muerte, sexo y horror subidos al máximo, que se añadía a los carteles de sus películas.